[Ciclo Coen] A propósito de Llewyn Davis

Una de las películas más dramáticas de toda la filmografía de Joel y Ethan Coen, por mucho que cuente con gotas del humor característico de los hermanos, es A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn Davis, 2013). Visitando la escena folk neoyorquina de los sesenta y con Oscar Isaac encarnando al protagonista, esto nos resulta la (hasta el momento) antepenúltima obra de los de Minnesota.

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Habían pasado tres años desde que estrenasen el western Valor de ley y la expectación ante su siguiente obra no fue poca. Se acabó estrenando en Cannes (festival al que no iban desde su oscarizada No es país para viejos) ganando con ella el Gran Premio del Jurado, el premio más importante que les quedaba por ganar en el festival francés tras la Palma de Oro y sus tres premios a Mejor Director. Fue de las películas más comentadas del año y la crítica se quedó encantada con ella. Por otra parte, el público se dividió entre los más entusiastas que la consideran de lo mejorcito realizado por los hermanos y los que dicen que es de las menores. A pesar del esfuerzo de Scott Rudin y aunque A propósito de Llewyn Davis empezara siendo de las grandes favoritas en la temporada de premios, no obtuvo nada más allá de un par de nominaciones en los Oscar, Globos de Oro y BAFTA.

No recuerdo exactamente en qué momento vi A propósito de Llewyn Davis pero sí que tengo bastante presente que no me entusiasmó tanto como debería a juzgar por la crítica y el bombo que se le daba por aquel entonces por redes sociales. Yo, sin ir más lejos, era de esos que la consideraba de las menores de los Coen. Todo ha cambiado en este segundo revisionado. Ahora considero A propósito de Llewyn Davis una de esas película en las que se transmite un determinado estado de animo y cada vez que pienso en ella me traslada a esos sentimientos presentes a lo largo de todo el filme. Una magnífica oda al perdedor/fracasado (sí es que no lo es toda la filmografía de los Coen), al igual que lo era Un tipo serio —con la diferencia de que en aquella se intentaba racionalizar desde un punto de vista teológico todo lo que sucedía, y en esta muestran que es el propio individuo (con sus actos y la gente que le rodea) el que crea su desgracia—.

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Esta visión que tengo del filme no sería nada sin su personaje central: Llewyn Davis es uno de los perdedores más perdedores de toda la galería de personajes coenianos, que ya es decir. No se suele empatizar mucho con estos, pero es imposible no conectar con él en este caso. Oscar Isaac se marca su mejor interpretación hasta la fecha de su aún breve carrera y nos deja uno de los personajes más interesantes y destacables, probablemente, de lo que llevamos de década.  El resto de reparto, aunque funcionen estrictamente como personajes secundarios, no es poca cosa: Carey Mulligan, Justin Timberlake, John Goodman, Adam Driver… Cada uno con sus personajes aporta su especial granito de arena en esta vorágine de irrefrenable soledad, tristeza y, finalmente, desgracia. Y he llegado hasta aquí sin hablar de uno de los puntos más icónicos e importantes de A propósito de Llewyn Davis, su música. Un excelente trabajo de reconstrucción de la escena folk de los 60 a cargo de T-Bone Burnett (en su tercera colaboración con los de Minnesota, tras El gran Lebowski y O Brother!) junto a Marcus Mumford (sí, el líder de Mumford & Sons).

Por otro lado, en el apartado visual los Coen abandonan la profundidad y belleza de los planos de nuestro querido Roger Deakins para contar con Bruno Delbonnel en la fotografía, conocido especialmente por sus vistosos trabajos en Amelie (2001) y Harry Potter y el misterio del príncipe (2009). Aunque se noten las inmensas diferencias con el británico, Delbonnel acierta iluminando casi cada plano como si de una portada de un albúm de folk sesentero se tratase.  Para bien o para mal, esta es la última gran obra que nos han dejado nuestros queridísimos hermanos Coen. Y esperemos que no sea la última. [★★★½]

«Fare thee well, oh honey, fare thee well.»

Daniel Escaners

«Hang me oh hang me / I’ll be dead and gone / Hang me oh hang me / I’ll be dead and gone / Wouldn’t mind the hanging / But the laying in the grave so long / Poor boy / I’ve been all around this world.»

Con Llewyn Davis cantando esta canción de Dave Van Ronk en un pequeño bareto de la Nueva York de 1961, en plena escena folk, empieza la que para un servidor es una de las películas más especiales y esenciales de los Coen. Si bien las coincidencias forman buena parte del cine que realizan los hermanos, en este viaje, a veces físico, siempre personal, de un cantante que intenta sobrevivir en el invierno neoyorquino durmiendo en casa de conocidos (y no tan conocidos) mientras cuida de un gato que ni siquiera es suyo, lo que prima son los infortunios de una persona cansada y antipática que desaprovecha las pocas oportunidades que encuentra en pos de obtener algo de dinero inmediato para proseguir su amarga vida. Una historia de perdedores que, y esto es importante, nunca deja de serlo; no parece haber redención final, sino la promesa de un círculo infinito en el que los errores y las consecuencias golpearán al protagonista como las olas al acantilado.

Más allá de los toques humorísticos, que los hay y siempre tienen el sello coeniano que tan bien conocemos, A propósito de Llewyn Davis es un drama tremendamente pesimista que encuentra en la comedia negra otro elemento que construye un “me río por no llorar” que salpica el tono de la obra constantemente. Representativo de ello es el personaje encarnado por Carey Mulligan, embarazada no sabe si por el lío que tuvo con Llewyn o por su presente novio, y que el echará en cara, de una forma hilarantemente dura, que no hubiera tenido más cuidado. Son episodios en la vida de una persona a la que todo le va mal, a veces por mala suerte, casi siempre por malas decisiones que le impiden salir del agujero en el que está instalado. La película también evidencia, de diferentes maneras, la dureza del mundo musical, donde cantar bien no significa en absoluto éxito asegurado, al igual que las diferentes posturas ante los golpes que te da la vida; por ejemplo el cantante folk que interpreta Adam Driver, que tampoco ha logrado el éxito pero sin embargo cuando el gato de Llewyn le ronronéa, él le devuelve la sonrisa. Dos caras de una misma moneda: la optimista y la pesimista.

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Otro de los factores que me encandilan de A propósito de Llewyn Davis se encuentra en la composición visual de la película, tanto en la realización de los Coen (con un grado de madurez tremendo y un uso del montaje siempre adecuado, nunca desacorde al ritmo que se crea ya desde la primera escena) como en la fotografía de Bruno Delbonnel, con una estética que traslada a aquella época bajo el recuerdo, por ejemplo, de la portada de The Freewheelin’ Bob Dylan (a la cual homenajea el póster en particular, y toda la composición cromática de la obra en general). Quizá sea atrevido decirlo, y más cuando ha sido el enorme Roger Deakins el encargado de la mayor parte de la filmografía de los hermanos con un resultado a menudo espectacular, pero para el que escribe estas líneas la película que tratamos cuenta con el mejor trabajo de fotografía que se ha visto en el mundo coeniano; esos tonos grisáceos, esa especie de verde oscuro y sucio que ilumina las estancias, esos chorros de luz que guían el camino y señalan, sobre el escenario, el lugar clave para triunfar. Un trabajo soberbio.

Y claro, Oscar Isaac. Una de las mejores interpretaciones de lo que llevamos de década. Si a pesar de lo antipático que es Llewyn empatizas a menudo con él, gran parte de la culpa la tiene el señor Isaac, que además ayuda, gracias a su buena voz, a completar un soundtrack genial que bien te puede acompañar en las largas noches de invierno. Y es que, para mí, A propósito de Llewyn Davis es una película que me transmite frío, desolación, realidad, y también me emociona con los pequeños destellos de belleza que salpican, muy de vez en cuando, una historia tan pesimista que duele. Porque aunque lo intentes, la gente te aplauda en un bareto y creas estar dando pasos en la dirección adecuada, detrás de ti vendrá un joven con una armónica al que le sonreirá la vida. Y tú le verás de refilón mientras abandonas el local, de vuelta a tu círculo de desdichas. [★★★★]

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